Eyak
Se llama Marie Smith, tiene 87 años, vive en Anchorage (Alaska), y es la última persona viva que habla con fluidez la lengua eyak, antiguamente compartida por todo un pueblo indio y ahora al borde de la extinción. Hace unos años se confesó, en inglés, a un periodista de Associated Press: «Es horrible estar sola». La única persona con quien Marie puede charlar en eyak —tras la muerte, hace años, de su hermana—, es el lingüista Michael Krauss que desde los años sesenta trabaja sobre esta lengua nativa de Alaska en un intento extremo de preservarla.
El eyak, históricamente hablado al sur de la Alaska central, alrededor de la desembocadura del río Copper, forma parte de una de las ramas de la familia de lenguas piel rojas na-dene. El pueblo eyak, un grupo ya en sus orígenes relativamente pequeño, sufrió, a partir de finales del siglo XIX, las presiones de los vecinos desplazados también a lo largo del Golfo de Alaska. En particular de los tlingit: su expansión provocó una especie de fusión pacífica entre ambas culturas. Las nuevas generaciones mixtas, en un proceso voluntario, prefirieron la lengua tlingit al eyak.
Luego llegaron los conquistadores europeos para explotar la pesca del salmón, trayendo consigo alcohol y enfermedades y privando a los eyak de su fuente de sustento (justamente el salmón). En 1900 ya sólo se contaban unos 60 eyak. Y para remate, el gobierno estadounidense decidió que las lenguas nativas ya no se debían utilizar.
Actualmente el pueblo eyak ocupa un pequeño territorio dentro de la ciudad de Cordova. Marie Smith es un símbolo: no sólo está comprometida en una batalla cultural para salvar su lengua y la identidad de su pueblo (los eyak son hoy cerca de 50), sino también en una lucha ambientalista para defender la integridad de su tierra natal por parte de quienes quieren explotar sus recursos naturales dañando el hábitat de los salmones. Hábitat ya dañado por otra parte a raíz del desastre de la Exxon Valdez en 1989, cuando el petrolero se encalló en el estrecho del Príncipe William y vertió al mar de Alaska más de 38.000 toneladas de petróleo.
La defensa de la lengua y de la cultura pasa también por la defensa de la tierra y viceversa.
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