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Historias de inmigrantes

Maurizio es italiano, tiene 50 años, está casado con una argentina y tiene dos hijos de 20 y 17 años. Hace doce años que partió de Italia y vive en Rada Tilly, una población situada a 14 km al sur de Comodoro Rivadavia. Es director ejecutivo de un acueducto.

Lo primero que me sorprendió de la Patagonia fue el viento: no cesa nunca y en invierno puede alcanzar los 110 km/h. El año que llegué hubo dos meses y medio de viento ininterrumpido: es agotador. Otra cosa increíble son los espacios, sobre todo en la pampa. El desierto es inmenso, aunque muy diferente del de arena que estamos acostumbrados a ver: hay lagos en el desierto, y hasta ciudades, sólo que rodeadas de la nada. También la zona de las montañas es sugerente: los glaciares, sobre todo. Cuando los ves te parecen surgidos de una era prehistórica. Es un lugar que atrae a muchos turistas. En verano hay hasta doce vuelos diarios de Buenos Aires a El Calafate. Y además, en la Patagonia hay verdaderos, como dicen, fósiles, caracolas prehistóricas, restos de dinosaurios en todas partes: cuando estábamos excavando el acueducto encontrábamos continuamente. Un amigo mío se llevó incluso a casa un huevo de dinosaurio.

Ambientarme aquí fue difícil, por supuesto, aunque menos de lo que se podría pensar. Seguí haciendo el mismo trabajo que hacía en Italia y frecuento a los miembros de la comunidad italiana. Han mantenido las tradiciones italianas, aunque a menudo tengo que hablar en español también con ellos, porque muchos son inmigrantes de segunda o tercera generación y no saben italiano. Los otros llaman tanos a los italianos, y aquí van muy rápido al distribuir motes aproximativos: los árabes son todos «turcos», y son «negros» todos los que tienen la piel aunque sea ligeramente más oscura. No hay tradiciones comunes; cada comunidad ha mantenido las propias: en septiembre se celebra la fiesta de las colectividades extranjeras, y ese día cada grupo presenta a los demás la cultura y los platos típicos de su patria chica. Los nativos viven en las reservas, aunque ésas no las he visitado nunca.

Y en la religión, lo mismo. No hay un culto oficial y cada comunidad ha conservado el propio, aunque últimamente los evangelistas están en fuerte crecimiento. En Rada Tilly queda una sola iglesia católica y han surgido seis o siete evangélicas.

Lo que es realmente muy diferente a Italia, en lo tocante al estilo de vida, son los ritmos. Yo trabajo en un acueducto y debo seguir los tiempos industriales no muy diferentes de los de un país occidental, pero las demás actividades son mucho más lentas. La actividad principal es la cría de ovinos, que son de dos tipos, de lana y de carne, aunque parece que nadie se ocupe realmente de los animales; los pastores controlan sólo que las ovejas no sean pasto de los predadores, sobre todo zorros y pumas, y juntan a los recién nacidos para contarlos después de la filiación. Con las vacas es todavía peor: los ganaderos no preparan el heno y las dejan a su libre albedrío. Sólo los animales de monta se mantienen separados para poder controlar la reproducción.

La carne es el alimento principal, es más, diría que casi el único. La gente come carne incluso para desayunar: se prepara a la brasa, un asado como dicen aquí, porque es la forma tradicional y también la menos costosa. La especialidad de la zona es el cordero al asador: un cordero entero abierto por el vientre y ensartado en un palo. Luego se deja a un par de metros de distancia del fuego, a la espera de que el calor lo cueza. Está considerado una exquisitez; todos los mejores restaurantes lo preparan y cada vez que hay una cena importante o la gente se reúne por cualquier razón, se prepara un asado.

Otra cosa que no falta nunca es el mate. En realidad es más una tradición del norte, importada. Yo no tomo más de dos o tres mates al día, pero hay quien bebe verdaderamente todo el día: pueden llegar a ser incluso veinte diarios. En el trabajo, por ejemplo, si se tiene que hablar con alguien, se pone a calentar agua en la pava, luego se vierte en una especie de taza fabricada a partir de una calabaza, con la yerba mate dentro, y se bebe: la taza gira de mano en mano y todo el mundo sorbe de la misma caña, la bombilla; se sigue bebiendo mate durante toda la reunión, sencillamente añadiendo agua caliente cuando se termina. Son peores que nosotros con el café: ¡te lo ofrecen incluso en las tiendas cuando vas a comprar!

Mariano, 36 años, de origen italiano. Tiene un punto de vista particular sobre la tierra de Patagonia: su principal ocupación es organizar recorridos en bicicleta.

«No he vivido una parte de mi vida en Patagonia, pero he pasado algunos meses al año ahí durante varios años. Yo nací en los alrededores de Buenos Aires y la Patagonia ha ejercido siempre sobre mí la fascinación de un lugar desierto que se deja vivir y disfrutar en aislamiento.

Es una tierra donde la naturaleza es el componente fundamental: para aquellos que han nacido en ella es casi una necesidad física y se convierte en lo mismo para quien se viene a vivir a ella. O mejor: para los que resisten. El clima es muy duro, el invierno dura de abril a octubre, y lo que no hace el frío lo hace el viento: muchos, al poco de trasladarse a la Patagonia, se van porque no lo resisten. Pero los hay que se quedan hechizados y ya no la dejan.

Habiéndola surcado en todas direcciones en bicicleta puedo decir que la zona más fascinante es la estepa: es el reino del viento y no hay un árbol. En esa zona las únicas formas de vida son algunos animalillos que se han adaptado a vivir ahí y la gente de las estancias, unas granjas enormes y llenas de ovejas.

Vivir en el desierto no es imposible, a pesar de lo que se cree. Hay agua en el subsuelo, junto a —se dice— ¡el oro negro!

Las personas que viven en Patagonia son muy hospitalarias y muy solidarias. En un lugar tan frío, durante el año estás mucho tiempo encerrado en casa: así intercambias historias en torno al mate. También las tradiciones mapuches son muy interesantes, pero tienes que tener la suerte de poderlos observar: las comunidades indígenas viven bastante aisladas de las ciudades. Junto a Bariloche, por ejemplo, está la Meseta de Somuncurá: es un lugar sagrado para los tehuelches y su nombre quiere decir «Piedra que canta», por el sonido producido por el viento cuando sopla entre las rocas. Ahí sólo viven los indígenas que sobrevivieron a los exterminios y algunos inmigrantes que levantaron sus granjas a principios de siglo y se han quedado aislados del mundo. Para llegar a esos pueblos hay que conocer los senderos porque no están señalizados en los mapas. Es un mundo fuera del mundo. Quien vive ahí no utiliza dinero y, aunque parezca una locura en 2005, vive del trueque e intercambia animales o lo que cultiva».

(20/10/2005)

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