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La conquista del desierto
Hay un periodo, entre la llegada de los primeros exploradores, en torno a 1520, y la famosa Conquista del Desierto (1878- 1885), en el que la Patagonia escapó al control de los europeos, primero, y de los criollos, después. Un paréntesis de tres siglos, en que los universos paralelos del hombre blanco y del indio coexistían de muchas formas, no necesariamente conflictivas. Y en que se abría un espacio inmenso (físico y social) conocido como la «sociedad fronteriza». Para el historiador Raúl Madrini, por ejemplo, «la sociedad blanca y la indígena no eran mundos aislados, separados», y la frontera era una línea indistinta, fluctuante. A pesar de lo cual, en el siglo XIX se esparció crecientemente la noción ideológica del «salvaje» que debía ser modelado y regimentado por la civilización.
La Tierra Adentro se convirtió por lo tanto a ojos de la fantasía occidental en un agujero negro que se tragaba el incipiente esfuerzo civilizador. Un no-man’s land, una tierra vacía, un desierto a conquistar. Una visión ideológica que se insertaba estupendamente en la creación de un Estado-Nación compacto, homogéneo y con fronteras bien definidas.
Y así se llegó a la ya mencionada Conquista del Desierto (que hoy se prefiere llamar la Guerra de la Pampa y de la Patagonia), una campaña político-militar conducida por el general Julio Argentino Roca (futuro presidente de Argentina) que diezmó o mandó trasladar a todos los indígenas de la región al norte del río Negro. Desde entonces los aborígenes se replegaron en áreas destinadas a ellos (las reservas), se reciclaron en peones y padecieron un violento proceso de transformación cultural y de marginación.
(20/10/2005)
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