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Cassidy y Kid

«Dedicaron gran parte de su vida a los negocios de banca que, como es sabido, se pueden afrontar de dos formas: o haciendo de banquero o de atracador. Los dos gringos optaron por lo segundo porque, por ser gringos, llevaban en las venas un puritanismo que los hacía permanecer firmemente anclados a ciertos principios éticos, los mismos que los obligaban a compartir apresuradamente con los demás la riqueza recabada en los atracos. La compartieron con actores de Baltimore, cantantes de ópera de Nueva York, cocineros chinos de San Francisco, prostitutas color chocolate de Kingston y de La Habana, adivinas y hechiceras de La Paz, dudosos poetas de Santa Cruz, melancólicas poetisas de Buenos Aires y viudas de marineros de Punta Arenas, y terminaron financiando revoluciones anarquistas en Patagonia y Tierra del Fuego. Sus padres habían dado sus nombres, Robert Leroy Parker y Harry Longbaugh, pero tuvieron muchos otros: Mister Wilson y Mister Evans. Billy y Jack. Don Pedro y don José. En las infinitas llanuras de las leyendas ingresaron sin embargo como Butch Cassidy y Sundance Kid».

La descripción de Sepúlveda (Patagonia Express) es la más idónea para introducir a dos personajes a caballo entre la historia y la leyenda y que durante un cierto tiempo de su vida se refugiaron en Patagonia. Ahí los dos fugitivos se dedicaron a la cría de ganado como dos perfectos rancheros y ahí, se dice, están enterrados. Con ellos, el Salvaje Oeste se desvió hacia el sur para terminar violentamente en Bolivia. Pero su historia, que en Patagonia sigue todavía muy vívida, ha aterrizado también en el cine con una película famosa (Dos hombres y un destino, de 1969) y dos intérpretes de excepción; Paul Newman y Robert Redford.

Butch Cassidy y Sundance Kid son los apodos respectivos de Robert Leroy Parker y Harry A. Longabaugh. Los dos norteamericanos —así los llamaban los patagones de la época— debutaron su carrera criminal a finales del siglo XIX como cuatreros, para hacerse más tarde famosos por sus asaltos a trenes y bancos. La leyenda los tilda de «bandidos caballeros», como unos Robin Hood del suroeste que golpeaban a los ricos y distribuían una parte a los pobres (además de dilapidar el botín en juegos de azar, mujeres y caballos); y al parecer Cassidy no había matado nunca a nadie.


Justamente fue este último en agregarse al llamado Wild Bunch (cuadrilla salvaje), un grupo de forajidos en el que destacaba Sundance Kid, pistolero de mano veloz. En cinco años aligeraron las arcas de una docena de bancos y de trenes. Pero en 1901 los dos jefes de la banda, Cassidy y Kid (junto a la fugitiva y antigua maestra Etta Place, en la época compañera de Kid), llegaron a Buenos Aires.


Los tres —bajo los falsos nombres de James «Santiago» Ryan y cónyuges Harry A. Place— se unieron a los demás norteamericanos que se dirigían a los vicecónsules estadounidenses para obtener tierras. Al final se establecieron en los ricos valles de Cholila, a mitad de camino entre las actuales ciudades de El Bolsón y Esquel, una zona que en aquella época sólo estaba habitada por 14 familias.
En junio de 1901 Ryan y Place compraron 16 sementales por 855 dólares a la Argentine Southern Land; unos meses más tarde adquirieron ovejas y otro ganado. La metamorfosis estaba pues terminada: los bandidos se habían convertido en estancieros.


«Le sorprenderá probablemente recibir mis noticias desde este país —escribió en este periodo Butch Cassidy a su amiga la señora Davis, detenida en una cárcel estadounidense— pero en los últimos años los Estados Unidos se habían hecho demasiado pequeños para mí. Quise ver un poco más de mundo. (…) Y visité las ciudades y las regiones mejores de América del Sur hasta llegar aquí. Y esta parte del país es tan bella que me establecí, y creo que para siempre, dado que esto me gusta cada día más.

Tengo 300 vacas, 1.500 ovejas y 28 buenos caballos para ensillar, dos hombres que trabajan para mí, una casa de cuatro habitaciones, un almacén, un establo y un gallinero con gallinas».


En su nueva vida de rancheros los tres norteamericanos mantuvieron buenas relaciones de vecindad, en particular con los colonos galeses (y con un tal George Hammond, cuyos descendientes cuentan todavía hoy que a Butch y a Sundance les encantaba lanzarse al galope disparando al aire con las dos manos y con las riendas sujetas entre los dientes). Y es indudable que se integraron sin problemas puesto que las crónicas relatan que entre sus amigos patagones había incluso un jefe de la policía, Eduardo Humphrey. El momento más paradójico de su estancia debió ser, sin lugar a dudas, el día de marzo de 1904 en que recibieron en su casa al gobernador de la provincia de Chubut, Julio Lezana, que visitaba los territorios bajo su jurisdicción. ¡Los tres fugitivos más buscados de América acogían a un gobernador y a un jefe de la policía!

El idilio, sin embargo, duró poco. Se produjeron varios robos en la zona y los norteamericanos cayeron bajo la sospecha de ser los autores de los mismos o, cuando menos, de haber protegido a los responsables. En cualquier caso, el brazo de la ley se estaba alargando hasta la Patagonia, capitaneado probablemente por los investigadores de la agencia Pinkerton (pagada por los banqueros y los ganaderos estadounidenses que más habían sufrido las fechorías de la cuadrilla salvaje), que habían hecho publicar sus fotos (a toda página) en los periódicos de Buenos Aires.


Tanto fue así que en marzo de 1905 Butch, Sundance y Etta dejaron Cholila. A partir de ese momento retomaron su vida de bandidos y asaltaron, entre otros, el Banco de la Nación de Villa Mercedes (San Luís), seguramente el único robo perpetrado en Argentina en el que participaron Butch y Sundance.


Los dos compañeros inseparables murieron en Bolivia en 1908 bajo el fuego del ejército (aunque según otros regresaron a Estados Unidos y lograron que se perdieran sus huellas…).

(20/10/2005)

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